Mientras el Gobierno de Javier Milei celebra la desaceleración inflacionaria como la gran bandera de gestión, en la calle el termómetro marca otra cosa: el sueldo sigue perdiendo y la paciencia empieza a agotarse.
Una encuesta de la consultora Zentrix mostró un dato que perfora la grieta y golpea incluso al núcleo oficialista: el 85,1% de los argentinos cree que sus ingresos no le ganan a la inflación. Pero el dato más incómodo para la Casa Rosada aparece cuando se mira a quienes acompañan al Gobierno: más del 66% de los votantes oficialistas también sienten que el salario quedó atrás.


La sensación social parece ir por otro carril distinto al festejo macroeconómico. Porque aunque el índice de inflación desacelere, la vida cotidiana sigue funcionando en “modo supervivencia”. El changuito del supermercado, las tarifas y los gastos básicos continúan empujando una percepción que ya dejó de verse como algo pasajero.
El informe expuso que siete de cada diez argentinos directamente no creen que el IPC del INDEC refleje lo que viven cuando salen a comprar. En otras palabras: el número puede bajar en las planillas, pero no en la experiencia diaria.
Ahí aparece uno de los principales dilemas políticos para el oficialismo. Muchos votantes libertarios todavía sostienen el respaldo a Milei bajo la idea de que el ajuste es un “mal necesario” o una etapa de transición para ordenar la economía. Sin embargo, el problema empieza cuando ese sacrificio deja de sentirse temporal y pasa a convertirse en rutina.
Los números muestran justamente esa tendencia. En septiembre de 2025, el 77% decía que el salario perdía contra la inflación. En mayo de 2026, la cifra saltó al 85,1%. Al mismo tiempo, los que creen que el sueldo le gana a los precios se redujeron a apenas un 11,3%.
La encuesta también retrató otro síntoma de época: llegar a fin de mes ya parece un lujo. Entre los opositores, casi siete de cada diez afirmaron que sus ingresos apenas alcanzan hasta el día 20. Pero incluso entre quienes apoyan al Gobierno, la situación tampoco luce holgada: una enorme mayoría reconoce limitaciones para sostener consumos o ahorrar.
El estudio de Zentrix plantea un escenario delicado para el Gobierno nacional: la economía funciona como una experiencia compartida, aunque todavía no exista una lectura política común sobre sus causas. Mientras unos interpretan el ajuste como parte del “ordenamiento”, otros lo leen como prueba del fracaso económico.
El interrogante que sobrevuela es cuánto tiempo más puede sostenerse esa diferencia narrativa si el deterioro del poder adquisitivo sigue profundizándose. Porque la inflación podrá desacelerarse, pero el humor social parece seguir corriendo bastante más rápido.